José María Vitier: Ser creyente es creer que el ser humano puede cambiar

jose-maria-vitier-copiaPor: Rosa Miriam Elizalde

Cuando usted asista o vea por televisión la Misa que oficiará el Papa Francisco, el próximo 20 de septiembre en La Habana, ponga atención a la “Salve Regina” que cerrará el culto. Es obra de un cubano, José María Vitier, y lo sabrá enseguida porque después del conocido canto gregoriano se desata la contradanza y el pájaro que se eleva en las notas musicales se siente, no como cualquier ave, sino como uno nuestro.El pretexto es perfecto para tocar la puerta del estudio de José María, artista de sólida formación clásica que logra, como pocos, entrelazar lo culto y lo popular. Es el autor además de bandas sonoras de películas como Fresa y chocolate, El siglo de las luces y de las obras Misa cubana y Salmos de las Américas. Viene de un tronco familiar sorprendente. Su hermano, Sergio, es otro músico fuera de serie. Ambos son sobrinos del poeta Eliseo Diego. Silvia Rodríguez, su esposa, ha puesto la letra a buena parte de las composiciones de José María, y tiene además una pintura fascinante, de trazos singulares que la identifican entre la multitud de autores contemporáneos. Su hijo, José Adrián, es poeta, pintor, traductor y editor de una de nuestras mejores revistas literarias, La Isla infinita. Sus padres, los poetas Cintio Vitier y Fina García Marruz, no solo se reconocen como figuras esenciales de la cultura nacional, sino como gente de fe religiosa y patriótica, y ambos, cada uno en su tono o juntos, conciencia lúcida y espiritual de la Isla.

Con José María y con Silvia conversamos en La Habana, pocos días antes de la llegada de Francisco. La música, la religiosidad de la obra familiar, el paréntesis de la Salve Regina en la Misa de la Plaza de la Revolución -con orquesta dirigida por otro cubano, Luis Villazón-, son los temas del diálogo que fluye sin pautas previas y con la emoción a flor de piel.

Salve Regina, la Salve, como se le dice –explica José María-, es una obra arquetípica dentro de la música religiosa católica mariana; no es parte de la liturgia de la misa. Una misa cantada a la Virgen no tiene que tener una Salve Regina, pero si se van a añadir algunas obras, como hice en la Misa cubana -que añadí una Plegaria, un Hosanna, un Ave María-, una de las que se puede incorporar es la Salve Regina, que refiere a la Anunciación, al momento en que a la Virgen se le impone de que ha sido escogida entre todas las mujeres. La Salve Regina tiene un texto en latín bello, de una sonoridad prodigiosa, y lo usé porque estaba buscando qué chispa sacaba de ese latín mezclado con la contradanza.”

–¿Por qué la contradanza?

–Primero está la decisión de uno de hacer la música, y después están las decisiones que toma la propia música, que te va diciendo qué hacer. Hice un coral lento, expositivo, con lo que tiene que decir la oración, y después…

–Después se desmelena.

–Exacto, es una Alegría, una fiesta, que me da la oportunidad de utilizar la contradanza, y que le funciona de maravillas, la verdad. Estoy muy feliz porque cuando vino Juan Pablo II, me acuerdo, tocamos algunos fragmentos de la Misa cubana en el Aula Magna, en un encuentro con los intelectuales que tú recordarás.

–Claro.
–Y después que terminamos la Salve nos hicieron unas señas -estábamos tocando arriba, en los balconcitos-, y nos pidieron que la repitiéramos, porque gustó muchísimo. Estaban felices. Me agrada que ahora también se hayan acordado de la Salve y la incluyan durante la visita del Papa.
Misa cubana para agradecer

–¿En qué contexto surge la Misa cubana?
–¿Yo no te lo he contado nunca ti?

–A mí, no.
–No te creas que me fascina hacer esta historia, pero te la voy a resumir. En el año 90, Silvia, mi esposa, y yo, tuvimos un evento muy adverso en la vida relacionado con nuestro hijo. Ya desde hacía algunos años, estaba bastante separado de la religión. No porque haya tenido una crisis de conciencia ni de fe, ni de descreimiento, sino porque había hecho como un receso de esa especie de sentimentalidad que es la creencia. Las creencias no son una ideología ni una idea, sino son sentimientos, con esa volubilidad que tienen los sentimientos. Ese era yo. Y de pronto estábamos juntos enfrentados a un problema muy grave de la salud de nuestro hijo, que entonces tenía dieciséis años: un accidente y una operación terrible. Mi esposa ni siquiera tenía vestigios en su formación religiosa, salvo en la primera infancia.

-Nosotros, como tantas personas, convertimos nuestra pareja en una religión, y así vivíamos, no necesitábamos más. Pero esa noche, el 11 de mayo de 1990, necesitamos más, y pedimos para que aquello se resolviera, porque era muy grave. Unas horas después, felizmente, hubo un desenlace positivo, muy venturoso, casi milagroso. Y algo que hubiera podido ser una tragedia para toda la vida, sencillamente se disipó; y después con el tiempo se confirmó que no dejó ninguna secuela. Ese mismo día Silvia me dijo: “Yo le pedí a la Virgen de la Caridad -cosa para mí sorpresiva-, y me sentí escuchada”. Le respondí: “Algún día tendremos que hacer algo para agradecer esto”. Y lo hicimos, pero no de inmediato.

–Estabas preparando la música para la película El siglo de las luces.
–Fue en el ‘91, ‘92, por ahí, y da la casualidad de que Humberto Solás (el director de la película), que también había tenido en ese momento, como le pasa a cualquiera, esa especie de necesidad de algo más, me dice: “Yo necesito que el final de la película sea con música totalmente religiosa”. Comencé a componer la música de toda la segunda mitad de El siglo de las luces, y ahí empiezan a surgir melodías y temas que después los utilicé para la Misa cubana. Me sentí cómodo haciendo eso, aunque nunca me vi a mí mismo como un compositor de música sacra ni mucho menos. Pero fíjate, primero, la vivencia personal, después la práctica profesional, el compromiso de hacer la música para una película, y de repente digo: “Caramba, aquí tengo la Misa cubana, que ya empezó, ya empezó, voy a hacerla”.

El “Ave María” de la Misa salió de la película y otras cosas más. Después sí me puse a la tarea de hacerla y entre el año ‘95 y ‘96, decidimos: “Vamos a hacerla”. Apareció la música, pero el problema no era hacerla, sino escribirla, grabarla. Y tuvimos suerte porque recibimos apoyo por dos vías; por una parte de la Iglesia, del Arzobispado, de Jaime (Ortega), que llevaba pocos años como cardenal y que es muy sensible para la música -medio músico él también. Me dijo que había la posibilidad, por una donación de Italia, de los obispos, de dedicar un fondo para propiciar esta grabación.

El Fondo Económico para la Cultura, que también era de reciente creación en aquellos tiempos, puso el resto, por decisión de Armando Hart. Este fondo ayudó a subvencionar las grabaciones, los turnos, el pago de los músicos, donde, por supuesto, nunca estuvimos incluidos ni Silvia ni yo, ni Silvio (Rodríguez), ni Amaury (Pérez); tampoco de algunos amigos que estaban ahí involucrados, convocados por mí. Nadie cobró un centavo, pero sí se pudo retribuir la grabación. Y la tuvimos lista para presentarla al público el 8 de diciembre de 1996.

–En la Catedral de La Habana.
–En Misa oficiada por Jaime, cantada. Había un Festival de Cine en ese momento y estaba  de bote en bote la Catedral. Fue emocionante porque había mucha gente, fue muy mediático y sorpresivo para muchos. No todo el mundo se subió en el botecito de la Virgen, alguna gente no se quiso subir, pero estaban los que tenían que estar. Y se hizo aquella primera grabación del primer concierto, que fue muy gratificante, y ahí empezó la historia esta, que ya tiene veinte años, de la Misa cubana.

–Esta Misa impacta en Roma y fue la apoteosis en el Cobre también, ¿a qué se debe, cuál es el misterio?
–La Misa se ha puesto más de cien veces. Celebramos los cien conciertos en La Habana hace dos años, y se ha presentado en diecisiete países, que yo sepa. Es muy bonito porque en todas las partes en que se toca se vuelve a tocar, con nosotros o sin nosotros. Llevarla a Roma era una asignatura pendiente que surgió sin que interviniéramos para nada. Nos la pidieron para celebrar el  70 aniversario de las relaciones entre Cuba y el Vaticano -hace diez años de eso. Fuimos con un elenco cubano maravilloso, con el Coro Exaudi, con Bárbara Llanes –soprano-, con Amaury Pérez, con la Orquesta Solistas de La Habana, con percusionistas, gente muy querida y que llevábamos tiempo trabajando juntos con la obra. Se presentó en la iglesia de Santa María en Trastevere y nos hospedamos en un lugar fantástico, en un convento de Santa Brígida.

Y te digo algo más: uno de los milagros de la Misa cubana es que no se hubiera podido hacer sin los no creyentes. Además de la Misa llevamos una nueva obra, el Ave María por Cuba, que tiene el texto del Ave María en latín, pero tenía unos coros con tambores batá y textos en yorubas, un canto a Obatalá.

–Arriesgado, en Roma.
–A mí no me parecía arriesgado, pero desde cierto punto de vista quizás muy conservador, podía parecer irrespetuoso. Hay muchos prejuicios -estériles y designados al fracaso al final-, contra los que hemos luchado varias veces, nos ha tocado. Sin embargo, lo que ocurrió fue una especie de apoteosis. Estaba invitado el cuerpo diplomático, sobre todo el latinoamericano y africano, y por supuesto, también el europeo y el Vaticano en particular. Nos emocionó mucho la acogida de los embajadores. Algunos manifestaron, incluso por escrito, que nunca habían sentido esa emoción, esa mezcla del latín y los idiomas autóctonos, de ellos y nuestros. También, nos emocionó el hecho de haber ido con nuestro hijo. El Consejero para la Cultura del Vaticano en aquel momento, monseñor Poupard, nos dijo cuando nos vio -conocía la historia de nuestro hijo, el accidente y todo-: “El niño del milagro”, un niño que ya era un hombre.

Después la Misa no ha cesado de darnos satisfacciones y nos ha ayudado a comprender que las emociones que mueven los sentimientos de las personas son más intensas que las pasiones que mueven las ideas, y esa es una lección que nos ha dado la Misa cubana. Cuando la hemos tocado en público, donde ha habido personas que han ido realmente con malas intenciones, luego han venido a abrazarnos llorando; cubanos patriotas, pero enemigos de lo que amamos, de lo que pensamos. Sin embargo, se desarman.

–¿A qué se debe?
–Es esa sentimentalidad del corazón que te desarma. Emocionarse juntos une a las personas de una manera total y borra las diferencias, y borra las fronteras, y borra la intransigencia, de manera más efectiva que cualquier discurso que ponga por delante la ideología o la política.

–Quizás por el sentido de patria. Decía Ernesto Sábato que la patria es el territorio de nuestra niñez.
–Sí, que nos une. He dado funciones de la Misa cubana donde los creyentes están en minoría, incluyendo los solistas.

–¿Qué es ser creyente?
–Tú sabes que cuando yo tenía dieciséis años conocí a Ernesto Cardenal en La Víbora (un barrio de La Habana), donde yo vivía. Fue un 26 de julio a almorzar con nosotros, en lo que terminó siendo una misa. Recuerdo, después la sobremesa, donde él le dijo a mi papá, respondiendo esa misma pregunta: “Creyente es el que cree que el ser humano puede cambiar”.

-En el momento en el que se produce esta conversación, era bastante complicado. Eran los años 60, aunque a lo largo de toda la Revolución ha habido un espectacular malentendido con los creyentes, esa es mi opinión. Creo que la Revolución cubana ocurrió como y cuando tenía que ocurrir, es incuestionable, pero desde el punto de vista de las coordenadas históricas y del tema que nos ocupa, que es la religión, tuvo lugar un desfasaje trágico entre ese proceso y la revolución de la Iglesia. Si la Revolución cubana se hubiera demorado un poco, si la revolución de la Iglesia se hubiera adelantado un poco, hubiera sido estupendo, porque nos hubiéramos ahorrado muchas cosas, mucho sufrimiento, muchos desencuentros. Unos años después, a mediados de los sesenta, ocurrió un fenómeno espectacular dentro de la Iglesia latinoamericana concretamente, después del Concilio Vaticano II y sobre todo después de la Conferencia de Medellín, que propició la Teología de la Liberación o por lo menos cogió un auge; si esas cosas hubieran estado ya cuando triunfa la Revolución quizás hubiera habido una atmósfera más propicia para que se entendieran, para que la Revolución comprendiera que la Iglesia tenía cosas que hacer en un proceso como aquel, y para que la Iglesia comprendiera que la Revolución tenía un mensaje esencialmente evangélico.

–¿Cómo se salva tu familia en esa vorágine? Tus padres no sólo no traicionaron su fe, sino que acompañaron una Revolución que se hizo esencialmente para los pobres.
–¿Tú sabes la historia del por qué?¿Papá nunca te contó que en un momento dado ellos estaban, ellos, o sea, mis padres, mis tíos a punto de irse de Cuba? Ahí jugaron un papel importante dos personas, como quizás tú conoces: Ernesto Cardenal y Thomas Merton, que era el mentor de Ernesto en la Abadía de Gethsemani, donde Cardenal había comenzado su ordenación -la terminó después en México. Mi padre pidió ayuda espiritual estando en México, porque papá tenía una oferta muy tentadora de trabajo y habría podido irse de Cuba en aquellos primeros años. El mensaje de Merton fue terminante: “El cristiano tiene que estar allí donde es más necesario; donde es más necesario tiene que permanecer a cualquier precio”. Todo eso está presente en mi imaginario y tiene que ver con mi formación, por carambola.

–En una de las últimas conversaciones que tuvimos Cintio y yo, le pregunté cuál era su mayor orgullo. Me contestó: “Mis hijos músicos”.
–Sí. Lo recuerdo muy bien. Me gustó mucho esa respuesta y me sorprendió también. Mira, mi padre, aunque nunca lo supo, y esa es culpa mía, fue mi héroe.

–¿Por qué?
–Él tenía una serenidad ante todo, un sentido del equilibrio, de la justicia de los actos; un sentido de la necesidad de servir. Y a pesar de ser un poeta, un investigador y un intelectual –y una cosa que no siempre son los poetas y no siempre son los intelectuales: era un artista. No voy a hacer comparaciones, pero hay grandes escritores que no son artistas, y en eso influía quizás su condición de músico, que nunca dejó de ser. El secreto de mucha de su poesía está en la música.

–¿Él tocó alguna vez el violín contigo?
–Tocó el violín espectacularmente bien, y tocó conmigo, menos de lo que debimos. Él tocaba más con mi abuela, con la mamá de mi mamá, que era una gran pianista: interpretaban a Beethoven, a César Franck, arias de ópera y otras cosas. Si él te dijo que su mayor orgullo eran sus hijos músicos ya por ahí tú puedes ir viendo cuál era su relación la música, y yo te diría más: su más secreto orgullo era ser él también músico.

–José María, cuando me dieron la noticia de que viajaría con la prensa vaticana junto al Papa Francisco, me emocionó por el recuerdo de dos personas muy importantes en mi vida, relacionadas de diverso modo con la Iglesia. Una de ellas fue Cintio, de quien podría decirse lo que él mismo expresara de José de la Luz y Caballero: “Se fue alejando suave y firmemente del aspecto dogmático y sacramental de la Iglesia, para concentrarse en el cultivo a la vez interior y apostólico de un ardiente cristianismo veteado de estoicismo”.
–Indudablemente que mi padre tenía un temperamento estoico. Hay una cosa que él me enseñó sin querer, pero que explica un poco esa resistencia. Primero, él siempre trató y logró no confundir la Historia con la autobiografía. Nunca se sintió tan importante como para que los avatares de su vida personal pudieran confundirlo a la hora de entender la Historia. Y, por otra parte, como creyente estaba acostumbrado, estaba entrenado para saber que el poder que enarbola las ideas no siempre está a la altura de las ideas, que la Iglesia no siempre estuvo, y más, muy frecuentemente no estuvo a la altura del cristianismo, y que las autoridades con las cuales él puede haber tenido choques tampoco estuvieron a la altura de la Revolución, pero que la Revolución no eran esas autoridades. La Revolución eran los ideales y esos estaban siempre ahí. Esa claridad, esa capacidad para ver las cosas de esa forma yo creo que es la fuente de su fuerza para resistir hasta que la Historia, la vida solita y la Revolución, le dieron la razón.

–El tenía una gran coraza, sus conocimientos y su devoción por José Martí. Ricardo Alarcón lo dijo en una frase magnífica: Cintio es el apóstol de El Apóstol.
–A lo mejor esa frase a él no le hubiera gustado. Él pensaba, como lo pienso yo también, que con Martí pasa como lo que dijo Martí de Bolívar: que tiene mucho que hacer todavía. Él tiene un ensayo titulado “Martí futuro”, cuya tesis es que Martí no forma parte del pasado, sino del futuro de la nación. Martí es la Cuba no realizada todavía, y yo diría el ser humano no realizado todavía, que no existe, que no ha comparecido aún. Esa certeza lo llevó a dedicar esfuerzos inmensos a propagar el pensamiento de Martí y a crear los Cuadernos martianos, un esfuerzo titánico para las personas que se involucraron en aquel proyecto.

Él tenía la idea de que lo que le faltaba a este país para encarnar su historia real y definitivamente, y para que la justicia fuera la que tiene que ser, que es “con todos y para el bien de todos”; en fin, él pensaba que lo que faltaba y por lo que había que luchar sin fin era por elevar y expandir el pensamiento martiano al corazón de todos los cubanos. Una quimera.

–Cintio era un intelectual práctico, lo demostró con sus Cuadernos martianos, con sus ensayos iluminadores en momentos muy difíciles. Recuerdo “Martí en la hora actual de Cuba”, escrito en medio de la llamada crisis de los balseros y que se publicó en Juventud Rebelde.
–Es en ese momento en que él increpa incluso al país. Dice: “Es que se nos están yendo porque no saben de dónde se van; o sea, hay que enseñarles qué es esto, hay que enseñarles qué es Cuba”.

–Va más allá. Se enfrenta a los intentos de estigmatizar a personas sin ir a las causas: “Si son prostitutas y son delincuentes, son nuestras prostitutas, nuestros delincuentes”, dice.
–Me acuerdo muy bien de aquello. Él sufrió muchísimo aquel proceso, en realidad como todos; pero era muy fuerte, papá era un hombre de una reserva de energía estoica realmente, no solamente intelectual. Tuvo muchos problemas dolorosos de salud. Te puedo decir que en circunstancias muy complicadas, nunca oí a mi padre quejarse. Y quería siempre valerse por sí. Aun cuando ya no podía, era complicado ayudarlo a moverse o ayudarlo a conducir, porque le gustaba valerse por sí mismo. Era un hombre hermoso.

–Van a cumplirse seis años de su partida, ¿por qué casi no se habla de Cintio?
–No creo que sea importante; ¡no se habla de tanta gente! Soy su hijo, a mí me da mucho orgullo cuando alguien habla de él, cuando alguien lo cita o lo recuerda. Pero su obra está ahí y sale a flote. Cuando vuelva a hacer falta él va a estar ahí, a la mano.

–Creo que todavía nos está diciendo y está por decirnos muchas cosas. Recordaba, a propósito del 17 de Diciembre y el anuncio de restablecimiento de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, las palabras de Cintio: “Este inicio de siglo replantea, muy agravada y a su modo, la problemática del 98: el imperialismo entonces naciente es hoy hegemónico, el independentismo entonces aplastado es hoy irreductible, el eterno reformismo intenta volver por sus fueros y el anexionismo por sus desafueros”.

–Es muy curioso en la cultura cubana cómo se comportan las grandes figuras, cuyos nombres después se convierten en fundaciones, en institutos, en centros de investigación, en casas-museos. Yo creo que en el caso de papá, que no es una figura solitaria, sino que está arropada en primer lugar por mamá (Fina García Marruz); pero también por su padre, Medardo Vitier; por su abuelo, el general mambí José María Bolaños –al que le debo mi nombre-; por su cuñado, el poeta Eliseo Diego. Ahí hay un núcleo duro, que dejó descendencia, y a mi vez yo también he tenido descendencia, así como los hijos de Eliseo. Y digo esto de la descendencia, porque me llama la atención que hay muchas figuras en la cultura cubana que son como solitarias: Lam, Guillén, Lezama, Marinello, Carpentier, Fernando Ortiz. Todos son ahora instituciones, fundaciones. Pero aquí tenemos una familia germinal, somos parte de la cultura viva del país, que no es cultura de museo. Por eso no me preocupa tanto si se recuerda o no. ¿Cómo no recordarlo si estamos, si toda su sangre está viva todavía en todos nosotros?

–Ahora que dices eso, viene a mi memoria la imagen más hermosa que guardo de tus padres.
–A ver.

–No es una fotografía, es un recuerdo. Un día llegué a la casa de tus padres en la calle Paseo, y Cintio estaba peinando a Fina.
–Qué bonito.

–Por cierto, empezamos hablando de la Salve que se tocará en la Misa del 20 de septiembre, en la Plaza de la Revolución. Creo que a Cintio le hubiera gustado mucho el Papa Francisco.
–Tengo, como dice la gente, una buena vibra con este Papa. Déjame decirte, ya que hemos estado hablando toda la tarde de papá, que él no era muy papista.

–Como Martí.
–Papá no era institucionalista, o sea, no, no le gustaban mucho las relaciones con el poder, con ningún poder, incluyendo el de la Iglesia, y no por prejuicios. Él tenía un pensamiento religioso influido por el librepensamiento de su padre, de Medardo. No era ni mucho menos un católico tan apegado a la ortodoxia como para ser fiel incondicional de los Papas. Para nada. Tuvo una gran admiración por Juan XXIII, que, por supuesto, es el gran antecedente de Francisco.

Personalmente tengo la mayor simpatía por este Papa, por varios motivos. Me parece que ha tenido el valor de decir cosas que no había dicho ningún otro, y cosas que nos afectan mucho, que nos importan mucho. De entrada está reconociendo la deuda terrible que tiene la Iglesia con los creyentes y con la humanidad. Tiene una sensibilidad especial para lo social, para los aspectos que tienen que ver con la vida ciudadana de los creyentes y de los no creyentes, y de las prácticas civiles. Le he escuchado decir cosas estupendas sobre las relaciones, por ejemplo, del matrimonio, el divorcio, y a veces uno no sabe si él lo dijo o se le atribuyen, porque también se está empezando a tejer una leyenda del liberalismo alrededor de Francisco.  En otras palabras, ha puesto en su lugar algunas ideas que están enquistadas dentro de la ideología católica y que no conducen a ninguna parte, y que lo que han hecho es quitarle adeptos a la religión y crear escépticos y descreídos.

Me parece que es un hombre sencillo, que recibió esta jerarquía con humildad, y que por primera vez, o en muchos años, desde Juan XXIII, ha puesto en el lugar que le corresponde a los pobres de la tierra, a las personas que nacieron en el lado equivocado del mundo, y ha fustigado la riqueza excesiva o la riqueza obscena que hay en este mundo. Es un Papa que nos hacía mucha falta, un líder para cientos de millones de personas. Me gustaría, en este período suyo, ver resurgir las grandes, las esplendorosas ideas que en los años setenta tuvieron los Teólogos de la Liberación. Pero no sé si llegará a tanto.

Silvia nos muestra algunas de las obras que está preparando para una próxima exposición, y de eso hablamos, aunque la conversación sigue la estela del diálogo con José María.

–¿Por qué la Virgen de la Caridad tiene ese peso en tu vida y en tu arte?
–Llegó a mí como a la más humilde de las cubanas. Eso no estaba dentro de mi esquema. En mi primera infancia tuve una formación católica, fui bautizada, hice la primera comunión, la confirmación, pero no tuve después una vida religiosa. José María te contó la historia de nuestro hijo. ¿Por qué recurrí a la Virgen de la Caridad? No te puedo decir, no podría.

Queríamos dar gracias. Por eso se hizo la Misa Cubana, por gratitud. Siempre hemos pensado que un estado espiritual positivo es lo que más te ayuda a salir de una situación difícil. Mi hijo estaba en el salón de operaciones, yo no sabía qué iba a pasar. Aferrarme a ella me dio esperanza, me dio paz, me dio la sensación de todo iba a salir bien. Esa sensación no la olvido, y cuando mi fe declina, sabe Dios por qué, trato de recordarlo. Esa fuerza positiva que da el amor, en aquel momento,  dio resultados prácticos. Mi hijo no solo salió bien, sino a pesar de que el médico nos dijo que él no podría estudiar al menos por un año, Adrián al mes se estaba examinando en la Lenin de todo. Y terminó siendo el primer expediente.

–Y es un gran poeta, pintor, traductor y editor de una revista maravillosa, adorada por Cintio, La Isla infinita.
–Es muy especial y ha tenido su camino independiente hacia la fe. Fíjate que la Misa cubana, que fue como una acción de gracias por aquello que habíamos recibido, salió como cinco años después, tiempo que necesitamos para entender qué nos había pasado. En el 95 le dije a Jose: “Ya no podemos seguir esperando, hay que dar gracias”, en un momento en que no era bien visto todavía hacer una misa católica, y además, la queríamos estrenar con una misa oficiada, porque era para eso.

En muchos casos la presentación de esta obra en distintos países, se ha debido a acciones de gracia de otras personas, mayormente desconocidas, que hallaron casualmente en la Misa Cubana consuelo y fe. O sea,  lo que uno hace se revierte. En latitudes diversas, en continentes que ni siquiera nosotros hemos visitado, muchos la han hecho suya por razones personales, no sólo artísticas. Puedo hablar con desenfado de la belleza de la obra, porque no la siento como un mérito nuestro. Hemos sido objeto de una inspiración que sabe Dios de dónde viene y de a cuántas almas toma. No es una obra que uno sienta que es de José María y mía, no. Le ocurre a todos los que han participado, la sienten suya y hablan de ella como propia.

–Silvia, pero tú no solos has escrito la letra de la música de José María, de mérito indiscutible, sino que también pintas, y tienes una obra impresionante.
–Es otra cosa rarísima. Hubo un momento en que le dije a Jose: “No puedo más”. Llevaba mucho tiempo con un enorme peso. Le dije: “He dejado a un lado mis intereses, lo he subordinado todo por la familia, por la sobrevivencia, por tu carrera, por todo; no puedo más, no puedo seguir lidiando con la mediocridad, con lo imposible. No sé cuánto me queda y no quiero que esto sea lo único”. Mi esposo, por supuesto, me entendió. Necesitaba volver a la locura que era mía, la que me tocaba a mí, con la que yo vine al mundo.

Empecé a escribir, a recopilar muchas cosas que tenía escritas y a escribir otras, doscientas páginas en un mes, una cosa así enloquecida. Y Adrián prometió darme unas clases de dibujo. Le dije: “Si pudiera pintar, no perdería un segundo”. Comencé las primeras clases con Nerea Rodríguez Vera, una gran dibujante. Recuerdo la primera vez que tuve el pincel en la clase, y lo sentí como un objeto enorme, como si lo viera con ojos de la infancia. Empecé a llorar. Y luego ya no pude parar. Fui a tres clases y a partir de ese momento comencé a dibujar tímidamente algunas cosas, a estudiar de manera autodidacta, a pintar mucho en la casa. Me daba cuenta de que podía pintarlo todo sin parar, en una hojita, con lápiz y papel, y me pasé un mes en eso, y salió el primer lienzo.

–¿Con qué motivos?
–Empecé pintando ángeles, que hacían cualquier cosa, que vivían conmigo, en una claridad bastante mágica, nunca perturbadora. La pintura me provoca un estado de gracia, de felicidad infinitas. Surgen muchos personajes, caras desconocidas, simbolismos que explican a veces mis dudas, mi fe, mis añoranzas.  Y ahí está también está la Virgen, la historia de Cuba, La Habana. Hay mucho, mucho de La Habana.

–Ya has hecho varias exposiciones.
–Unas cuantas, pero importantes, considero dos, y ahora, una en una galería en Madrid, en el Centro Cultural Puerta de Toledo y después en Lisboa.

–¿En qué otros proyectos están ustedes trabajando?
–Yo estoy aún trabajando para completar la muestra que presentaré en Madrid y Lisboa, que hemos titulado “Las cosas imposibles”. Adicionalmente trabajo también en la concepción y producción de los proyectos de José María, por eso te hablaré de ellos.

En lo inmediato José María, en octubre estará en varias ciudades de España, en concierto, y yo con mi exposición. Pero él siempre está componiendo y con ideas nuevas. Estamos pensando para el año que viene preparar un homenaje a Lorca, escenas lorquianas. Lo está trabajando ahora como piezas para piano, pero en realidad teníamos el interés de que fuera algo más ambicioso, con músicos, cantantes, actores; algo así como una presentación de Lorca en La Habana, en el ochenta aniversario del asesinato del poeta. Vamos a ver si el tiempo y la inspiración lo permite.

Paralelamente Jose está trabajando con Pablo Milanés en un disco con canciones que nadie conoce de la Vieja Trova cubana y que se iban a perder de otra manera, porque solo las conoce él, que es un apasionado de esa música desde que era casi un adolescente. A los veinte años fuimos juntos hasta Santiago de Cuba con Rapi (Diego) y entrevistamos a los viejitos que tenían unas canciones que no llegaron a ser conocidas, preciosas, y que para nosotros fueron las canciones con las que nos enamoramos, las de las tertulias en la casa. Para Adrián, mi hijo, es como si fuera lo más conocido del mundo, pero casi nadie las ha escuchado, algunas de un candor, una ingenuidad, una belleza poética y melódica a veces muy llamativa; y otras tan disparatadas que resultan muy simpáticas por sorpresivas. Jose ha conformado un grupo de dieciocho canciones y ya tienen grabadas quince, faltan tres. En eso estamos, con Jose al piano y Pablo Milanés cantando, ¡una maravilla!

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