La suerte de nacer en Seis de Agosto

torres-seis-de-agostoPor Dunielys Díaz Hernández

En un lugar de la Mancha, perdón, de Matanzas, de cuyo nombre quiero acordarme, no hace mucho tiempo que vivía una guajira sin lanzas en astillero…

Un pueblo con un día del calendario dibujado en dos torres desamparadas en la soledad del marabú, rodeadas de los nuevos trillos,  única señal de vida que permanece en el lugar donde antes se molía caña.

Seis de Agosto puede ser Sergio González, el Puerto Rico Libre o el Horacio Rodríguez, porque todos parecen estar pintados con el mismo brochazo en círculos,  pero es Seis de Agosto, con un cartel que ahora anuncia en su entrada: Granja Agropecuaria, como si dos kilómetros adentro encontraras animales, huerto… y no a la gente que todavía sueña con que arreglen la carretera para la nueva zafra y no ha podido arrancarse de los oídos los pitazos del central descosiendo la madrugada.

Hace veinte años atrás, en la misma madrugada, yo estaría dando vueltas en la cama sin conciliar el sueño, esperando que rompiera el día y mamá me llevara a la fiesta, la fiesta del seis de agosto.

Para ese entonces creía que se trataba del cumpleaños del batey y desconocía que alguna vez se nombró Las Mercedes y que esa no era una fecha fundacional como en las grandes ciudades, sino la señal histórica de las nacionalizaciones; y también, la  única vez en el año para subir a la estrella voladora con un nudo en el estómago, todo un rascacielos redondo si se compara con las edificaciones más altas del pueblo.

De los caballitos del carrusel, jamás he vuelto a saber nada, de vez en cuando reaparecen en videoclips como íconos de lo perdido.  Durante el período especial, cuando casi todos se vieron obligados a catalizar la creatividad, llegaron unos circenses improvisados con el último paso de la civilización humana: Fátima, la mujer que habla y no tiene cuerpo.

Con la misma cara de Aureliano Buendía cuando vio por primera vez el hielo, uno de los niños del público solo atinó a preguntar cómo se alimentaba y comenzaron las fabulaciones sobre aquella rubia simpática con la cabeza sobre un delgado búcaro y el cuerpo perfectamente enmascarado detrás de una cortina roja. Claro, lo descubrí mucho después. Ha sido lo más cercano a los adelantos de Melquíades que tendré en mi vida .

La gente se sentaba en el césped del parque a pesar de las prohibiciones y era feliz…, a pesar de las leyendas. Corrían las voces de que alguien debería morir ese día en tributo al central y que en las torres merodeaba el majá con tarros de siete metros buscando una víctima o el zapato perdido durante el entierro de su ama.

Con esos cuentos crecí y no vi más muerte que la del propio central azucarero, lo desmembraron lentamente para que no lo olvidásemos y se llevaron además, las vueltas en la cama por la madrugada, las estrellas voladoras, las ilusiones, el alma…  Quedan las torres izando el recuerdo, pero el día en que me falten,  no sé si tendrá que ser seis de agosto o siete de febrero, pero algo de mí, habrá muerto también.

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