El heroísmo visto por el ojo de la aguja

Anayensi y su hijo, Lemys SamuelPor: Ayose S. García Naranjo, estudiante de Periodismo

Acaba de llegar el cadáver. Después de varios días de incertidumbre al fin se encuentran en Matanzas, específicamente en su natal barrio de La Marina, los restos de la oftalmóloga internacionalista Anayensi Navia Estopiñán, quien cumplía misión en Venezuela. Es una noche lluviosa en la que todos los vecinos, sin excepción, aguardaron pacientes con los paraguas en la mano. En tan solo instantes inicia el velorio, que se desarrolla en su propia casa donde vivía junto a su esposo, su hijo, sus padres, abuela y hermano; lugar que también sintetiza toda la humildad y precariedad identitaria de la localidad en general. No hubo un minuto de tranquilidad a lo largo del velorio: la multitud que rodeaba la casa casi logró detener el tráfico en la calle, mientras un número similar de personas permanecían dentro de la vivienda en vano intento de tranquilizar a los familiares, pues en su mayoría eran dominados por un llanto incontrolable y el más sincero desconsuelo, ese que provoca la pérdida de una hermana, de una verdadera amiga.

Paralelamente y a medida que avanzaba la noche comenzaron a relucir un número elevado de versiones sobre la muerte de la muchacha que alimentaban cada vez más la imaginación y el misterio que se tejía alrededor de la historia, ante la ausencia de una versión oficial a tres días de los fatales sucesos. Unos decían que venía de una fiesta y la acribillaron a balazos en una parada de ómnibus, mientras otros hablaban en voz baja que había sido arrollada por una ambulancia. En tanto, no faltaron quienes se encargaron de difundir que la causa del fallecimiento la provocó el descarrilamiento del autobús en el que venía la joven, quien resultó ser la única víctima entre los pasajeros.

Amanece, ya es jueves y durante el transcurso del día aumenta la cantidad de personas que visita la pequeña y angosta casa de La Marina. Llegan enfermeros y doctores de diversos centros hospitalarios de la provincia, los familiares lejanos se hacen presentes desde temprano y claro, gran parte de los vecinos ocupan el mismo lugar en que los sorprendió el amanecer: “queremos estar con ella hasta el último momento, hasta el final con la negra”, sostenía consternado uno de ellos.

Luego de la emotiva guardia de honor de sus compañeras de trabajo cubanas, cuando el reloj marcaba las 5:00 de la tarde, los restos de Anayensi fueron cubiertos con la bandera nacional y finalmente trasladados al cementerio. La madre lleva casi veinticuatro horas con lágrimas en los ojos.

Más allá de una historia de vida: una vida que ya es historia

“Era una niña especial, muy noble, para mí era como una hija. Gente humilde, buena, siempre alegre, le gustaban las fiestas. Prácticamente yo la crié, fíjate que el primer accidente de mi niña más chiquita fue con ella, hace ya bastante tiempo atrás, cuando respiró un perfume que tenía la negra en la mano y le provocó una reacción alérgica tan fuerte que tuve que llevarla rápido al hospital”, comenta Taimí, amiga del barrio.

A lo largo de sus 25 años muy pocas veces Anita dejó de sentarse durante cada tarde en los quicios de las aceras con sus amistades. A escasos pasos le quedaban las casas de Mercedes, Tamara y Taimí, adonde acudía frecuentemente para arreglarse el pelo, pintarse las uñas y maquillarse antes de salir: “casi que vivía aquí”, afirma Mercedes a duras penas, con la voz atravesada por la tristeza.

Como hija legítima de La Marina, anteponía a los platos más exquisitos y exóticos que pueden existir, el placer de cocinarse ella misma una buena ración de harina con quimbombó mezclando estos ingredientes desde el principio de la cocción, pues según le habían enseñado sus ancestros era el secreto para lograr tan especial sabor.

Y de este mismo barrio, famoso por sus bailes de rumba a cualquier hora del día y mundialmente conocido por los Muñequitos de Matanzas, Anayensi heredó su gran capacidad danzaria, que la hacía mover su cuerpo lo mismo al ritmo de un guaguancó que de un baile de salón de manera ininterrumpida, sobre altos tacones y durante largos periodos de tiempo.

Desde que se graduó de tecnóloga de la Salud y comenzó a trabajar en el policlínico José Luis Dubrocq ella se había anotado en las listas para salir de colaboración a otros países. Siempre me decía: “Mercy tengo que irme porque es la única forma de tener lo mío, tener mi casita, ayudar a mi mamá, a mi hermano…, ella siempre con el afán de vivir un poco mejor.” (Mercedes)

Así es como le llega su primera misión a Nicaragua, pero Anayensi la rechaza porque justo en ese momento tenía que cuidar su maternidad. Solo hacía unos meses que después de numerosos contratiempos había recibido la anhelada noticia que confirmaba su embarazo.

Contrario a lo que muchos pensaron, una vez que parió no modificó sus costumbres de antaño: continuó bailando en cada fiesta a la que podía asistir, permanecía largo tiempo en los hogares de sus amigas del barrio, las de siempre, y por supuesto, también continuaba sentándose en los contenes, pero ahora con un nuevo y pequeño acompañante que estaría siempre a su lado.

Cuando Lemys Samuel cumplía ya los dos años le llega a Anita la solicitud de prestar sus servicios médicos en Venezuela y en esta ocasión sí acepta. Había hablado con su mamá para que le cuidara el niño y por su parte, el esposo respetó la decisión desde el primer momento. El apoyo inmediato que recibió de su familia le transmitió gran confianza en el paso que iba a dar, a pesar de estar consciente de lo que implicaba separarse tanto tiempo de ellos. Como método de consuelo se repetía con frecuencia hasta momentos antes de abandonar la Isla: nada puede salir mal, nada puede salir mal…

Inicio y final de un Día de las Madres

A los ocho meses de estar en en el estado venezolano de Táchira, precisamente al despertarse en la mañana del 10 de mayo de 2015, la negra caía en la cuenta de que este era el primer Día de las Madres que pasaba lejos de los suyos. Posesa de gran nostalgia y con unos impulsos incontrolables de subirse al avión y retornar a Cuba, en ese instante no atinó a hacer nada más que no fuera llamar de inmediato a su casa.

Luego de insistir bastante pudo hablar con su mamá, a quien felicitó más de cinco veces durante la conversación, después conversó unos segundos con el hijo. A este apenas le dio tiempo a decirle cuánto lo quería y que pronto estaría aquí, pues acto seguido se cortó la comunicación.

Con esta llamada y cuando ya había terminado de limpiar y lavar la ropa de la semana, como parte de la rutina inamovible que establecía cada domingo, Ivón, la mamá, se disponía a servir la comida en el momento que entra un sms de Anita, exactamente a las 6:58 pm yque decía: “Dios me acaba de regalar su bendición y dulcemente me dijo: ´obsequiar a alguien especia´ y pensé en ti. ¡Feliz Día de las Madres!” Tan solo estas pocas letras lograron estremecer y emocionar a la mujer.

Tres horas más tarde apareció una camioneta desorientada que hacía rato estaba rondando la zona, tal vez porque no encontraban el lugar indicado o tal vez porque no estaban preparados para encontrarlo, hasta que un vecino indicó al chofer, con lujo de detalles, la dirección de la madre de Anayensi Navia Estopiñán, la colaboradora cubana en Venezuela. Esta terminaba de dormir al niño cuando los compañeros de la Dirección provincial de Salud descendieron del vehículo, tocaron a la puerta y luego de las preguntas de identificación correspondientes, le informaron sin rodeos que su hija acababa de sufrir un mortal accidente, alrededor de las 7:30 de la noche.

“Yo te digo… no lo podía creer. Yo le decía a los compañeros: por favor, verifiquen, por favor, no puede ser mi niña, si casi que me acaba de escribir un mensaje…, no puede ser. Más tarde, cuando ellos me seguían confirmando que sí era ella, yo con la esperanza de que solo estuviera herida les ordenaba desesperada: llamen y comprueben, por favor, díganme, ¿está viva?”

Desde la tarde de ese fatídico Día de las Madres una de las compañeras de la residencia de Anita se encontraba con un fuerte malestar que la había hecho llamar a una ambulancia. Pasadas varias horas no llegaba dicho carro de asistencia y los dolores de la muchacha llegaron a un nivel insoportable. Ante sus quejidos se levanta de la cama Anayensi, quien estaba ya lista para dormir.

En un intento por tranquilizar a la doliente, ella se asoma a la puerta para ver si llegaba al fin la solicitada ambulancia y justo en ese momento, en tan solo segundos, fue totalmente embestida por un Fiat rojo, cuyo conductor aparentemente perdió el control del carro y colisionó contra el inmueble oficial de los cooperantes de la Misión Médica Cubana. Se asegura que el vehículo ingresó al menos unos 20 metros desde la vía principal al sitio donde está la vivienda.*

Instantes después del suceso, la negra moría en el lejano hospital de El Piñal, en un Estado que casi pertenece más a Colombia que a Venezuela.

Alguien tuvo que haberla llamado para que ella saliera en ese instante, no imagino otra explicación…, ya ella estaba con su pijamita de dormir y todo… A veces pienso también que hasta el chofer de la ambulancia era opositor, ya que tú sabes, el lugar donde se encontraba era de marcada tendencia reaccionaria… Son tantas cosas que ya no sé qué decirte…, realmente no sé qué pensar…”, concluye Ivón.

10 de julio de 2015

Hoy se cumple un mes desde que Anayensi abandonó el reino de los vivos y sus amigas del barrio se preparan para llevarle flores al cementerio. Todo pasó tan rápido que todavía no se resignan a la idea de su desaparición. Mientras, en el popular y estrepitoso barrio de La Marina, famoso por sus bailes de rumba a cualquier hora del día, hace exactamente un mes que no se escucha música alguna.

“No pienso que yo sienta más dolor que su madre: la parió su mamá, pero se crió con nosotros. Al final perdimos una madre, se perdió una hija, se quedó un hijo huérfano… Era gente joven, llena de vida, alegre. Ojalá que Dios la tenga en la gloria y le dé la luz necesaria. Realmente esto ha sido triste, es un hueco imposible de llenar; aquí nadie dormía, nadie comía esperando el impacto de verla llegar en la caja… Ya lo único que podemos hacer es darle gracias a Dios y a su mamá por haber permitido que existiera y estuviera entre nosotros. Para mí ella era lo más grande, de tanto que decir no me salen las palabras y es que para describírtela solo tengo una frase: era mi hija.” (Taimí, amiga del barrio)

Dos semanas después de su muerte, un periódico local publicaba en su segunda página una modesta y brevísima nota que hacía alusión a la internacionalista fallecida, quien no tenía más heroísmo que haber perdido su vida en el digno cumplimiento del deber. Anayensi Navia Estopiñán será recordada siempre entre sus familiares y amigos, en su  colectivo de trabajo y por sus compañeros de la brigada médica allá en Venezuela. Y en La Marina seguirán retumbando los tambores por una muchacha que bailaba, a cualquier hora, por sus calles.

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