Vestido de lo mismo

vestido de novia.jpgPor Lianet Alayón Perez, estudiante de Periodismo

Recientemente llegó a mis manos un filme cubano con las actuaciones de Laura de la Uz, Isabel Santos, Luis Alberto García, se titula Vestido de novia. Aunque podría parecer sugerente un filme con semejante título y tal elenco, tuve la intuición al instante de que no sería este diferente de (sin caer en mordaces absolutizaciones) gran parte de las producciones nacionales que he descubierto recientemente.

No creo que esta deducción indique especial perspicacia de mi parte, de hecho, considero que este tipo de asociaciones puede hacerla cualquier persona que haya notado lo predecible y monotemático que se ha tornado el cine cubano.Desde mi visión no especializada, pero que como espectadora no me inhibe de ejercer la crítica, considero que el filme, a pesar de ciertas bondades como las actuaciones, posee enormes vacíos en cuestiones de dramaturgia que devienen en escenas injustificadas y sobre todo poco creíbles. La historia más allá de las licencias que puedan concederse a cada obra de ficción resulta en algunos aspectos irreal y me parece demeritoria cuando la intención es otra. Elementos como un supuesto matrimonio en un país que legalmente no reconoce las uniones homosexuales o un caso de transexualismo en un contexto donde no se ejercía esta práctica en ningún rincón nacional hacen que, a mi juicio, la historia se torne más fantasiosa de lo que seguramente se pretendía. El filme, para concluir, porque mi intención no es desarrollar una crítica sobre el mismo, fue una alusión reiterativa a los temas que se han convertido en clichés de la cinematografía cubana, ya sea por facilismo o por satisfacer las necesidades de un público cada vez más homogéneo.

Es obsoleto y vago el pretexto de que las condiciones económicas determinan la calidad del cine, ya que existen movimientos fílmicos como el Dogma 95 donde las obras son filmadas en escenarios naturales, con cámara en mano o al hombro y (reconociendo la subjetividad de la afirmación) constituye una fuente de energía renovadora e intensa de la cinematografía mundial a través de sólidos conceptos e ingenioso desarrollo dramático.

En un país, donde se crearon filmes como Fresa y Chocolate o Memorias del Sudesarrollo, es lamentable que la gran pantalla se haya hecho mero reflejo de tópicos incapaces de impresionar o aleccionar a cualquier espectador que no busque un arte tan básico y retòrico.

Temas tan trillados como la homosexualidad en su expresión más cruda y generalmente marginal, el quinquenio gris como fenómeno claramente político, la escasez del periodo especial y otros conflictos excesivamente locales son los que aborda últimamente el séptimo arte en Cuba.

El cine nacional sigue sin sorprender a quienes lo consumen con ansias de hallar un producto novedoso. Es difícil abordar temas sociales y que no resulten manidos, pero la realidad es más que travestismo o que el erotismo que realce el folclor nacional, sin hablar de los conflictos familiares derivados de males sociales. Se hace necesario trabajar conceptos más universales de crear filmes que validen el mérito de los realizadores en su capacidad de ser experimentales e instructivos.

No se trata estrictamente de reinventar el cine, si no de hacerlo auténtico y variado temáticamente sin caer en banalidades o discursos que para algunos sean un poco más de lo mismo.

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